¿Por qué «Cabeza de borrador» es una de las películas más eficientes de la historia?

La película de culto cumplió 40 años en el año de 2017 y después de tanto tiempo no ha perdido su fuerza: sigue impresionando a propios y extraños aún al día de hoy, gracias a las interminables interpretaciones e incómodas sensaciones que suscita en todo espectador.

Eraserhead se constituyó como el punto de inflexión para David Lynch: poco a poco durante su estancia en la escuela de artes y en el Centro de Estudios Cinematográficos Avanzados fue construyendo una específica y profunda mirada al inconsciente humano, una expresión de los deseos humanos que se anudan con los temores latentes que nos horrorizan en secreto y no podemos entender o siquiera formular. Fue justamente con esta película donde demostró su capacidad para contar esas complejas historias.

Esta entrada está llena de spoilers, se recomienda ver la película.

«Una historia de Philadelphia»

El proceso de producción, sin embargo, fue, además de complicado, largo: además de tener que adecuarse a la locación en California («adecuarla», sería más preciso)  las soluciones «artesanales» de Lynch durante el proyecto acarrearon problemas que llevaron al director a pedir préstamos entre familiares y amigos mientras gastaba el apretado presupuesto proporcionado por la American Film InstitutePero no se trató únicamente de un capricho del director. Lynch tenía una visión muy específica respecto a su filme y aproximadamente por cinco años estuvo trabajando de cerca en cada uno de los componentes de la película.

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Lynch y Splet ©1977 David Lynch y American Film Institute

Trabajó en la escenografía y utilería que perturbaron a tantos en la salas del cine; experimentó con la iluminación para grabar la película únicamente durante las subsecuentes noches y en conjunto obtuvo como resultado esa ambientación onírica de pesadilla, acompañada de los sollozos de la criatura horrorosa (una especie de “alien” antes de Alien); la atmósfera se vio finalmente completa con ese tremendo OST compuesto en colaboración con el diseñador de sonido Alan Splet (con quien entabló una relación de amistad y trabajo en el mediometraje The Grandmother) en un esfuerzo de seis meses por construir “sonidos orgánicos de alta calidad”. 

Juntos, Al y Lynch experimentaron arduamente en el apartado sonoro e instrumental para construir una biblioteca de sonidos propia; no tenían a su disposición registros que fueran adecuados para la película y necesitaban crear su propio «soundtrack» pues como defiende Lynch «picture dictates sound […] but sound its 50% of the picture”.

Su obra sonora se acopló orgánicamente a los silencios propagados en gran parte del filme; viejos gramófonos sonando al fondo del pasillo, sonidos naturales alterados, la aplicación de la reverberación; el símil con las máquinas, los vacíos acompañados de vientos y estática, la ambientación industrial, los sonidos burbujeantes. El tempo alcanza su punto de ebullición con la presentación musical de la «Chica en el radiador» de enormes cachetes: In heaven no contrasta con la película sino que le da una vuelta de tuerca siniestra que termina de transportar al espectador -si por alguna razón no lo estaba ya- dentro de la angustiante «pesadilla» experimentada por Henry Spencer. 

 

Fue en los esfuerzos de Lynch por hacer una obra completa, por el amor al arte y la necesidad de comunicar algo muy en específico, que su auténtica visión de autor hizo brotar un díscolo de alegorías a la vez que interpretadas, sentidas por el espectador. Es más que la suma de sus partes, se trata de un paradigma de la efectividad cinematográfica pero sobretodo, y más como la obra de arte total que es, de la capacidad de inmersión de un medio audiovisual. Gracias a esa combinación entre imagen e historia por un lado y efectos de sonido, “abstracciones sonoras” y música por el otro, David Lynch logró transmitir potentes significados a los espectadores tanto del siglo pasado como los que ahora han tienen la suerte de disfrutar Eraserhead en sus pantallas.

¿Puede alguien escapar a su destino?

“No reviewer, no critic, or… viewer has ever given an interpretation that is my interpretation.” David Lynch en Eraserhead Stories (2001).

En el pasado la vida humana estaba supeditada a los mandatos de la tierra, las estaciones del año, a las revoluciones de las estrellas; un eterno ciclo que terminaba donde comenzaba para volver a empezar. El ser humano era un ser de visión angosta determinada por los ciclos de producción de la tierra y por los símbolos de sus religiones bajo los que actuaban y reproducían sus sistemas de organización social.

El ser arrojado al mundo sobrevivió en el mito y el mito en el legado: la continuidad de la especie y con ella de la idea nebulosa de la maquinaria que ponía en movimiento su devenir hasta el final de los tiempos. La transmisión, el sentido y la estructura de estas formas religiosas de organizar el mundo calaban en esa continuidad cíclica y, sin embargo, muchas culturas alcanzaron a vislumbrar sus finales ya sea como la simple parálisis de la maquinaria que daba forma al mundo o como la destrucción total del mismo. Ambas, al final de cuentas, daban paso a una forma de existencia trascendente o a la nada absoluta.

¿Es Eraserhead una historia sobre el fin del mundo? Los histéricos familiares de Mary se convirtieron en máquinas de deseo puro y sólo Henry parece estar realmente entre la espada y la pared dentro de una sociedad diluida en la prosecución de sus propios objetivos que se dirige cada vez más rápido a chocar con los mismos. Él se convierte en el héroe kaftkiano de esta historia y no comprende su lugar en el mundo, por lo cual lo vemos dejarse llevar en toda la película, tratar de escapar por medio de la fantasía de la «Chica en el radiador» y por las expectativas despertadas por «La hermosa mujer al otro lado del pasillo» en ese «caldo» donde sus deseos son puestos a escena.

©1977 David Lynch y American Film Institute

En este mundo donde la humanidad es llevada hacia su fin y camina afanosa hacia el mismo, donde el deseo por el deseo es la puesta en funcionamiento de la maquinaria del «Hombre en el planeta», quien dirige dirige tras bambalinas esta tragedia; las energías cinéticas incrementadas exponencialmente a cada paso dentro de la modernidad se transforman en una agitación constante ante la extinción humana, traducida en ese deseo por el deseo mismo (el placer inacabable como búsqueda fundamental). En esta fórmula la cosa-mutante representa el límite en términos humanos: en la habitación de Henry, a lado de su cama, hay un pequeño árbol seco sobre una mesita y un poco más arriba una foto de un hongo nuclear, la explosión de una bomba ¿no son estas señales las que nos anticipan el fin de la especie humana, en términos alegóricos, en la figura de la extirpe inmunda que es ese pequeño «alien»?

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©1977 David Lynch y American Film Institute

Esto parece ser confirmado por la «Chica en el radiador».  En sus apariciones como fantasías o profecías se anuncia, en cada pisotón sobre los gusanos, la imposible continuidad de la especie ante los tiempos de la radiactividad, de la degeneración en lo más profundo del ser humano. Henry, tras la entonación de In Heaven, sufre un sueño en el que su cabeza es arrancada y reemplazada por la del «alien», toma su lugar en el sentido más literal de la palabra, y la cabeza, ahí en el suelo borra todo orden social, su «yo» humano (simbólicamente el «yo» humano) es reducido a nada y con sus restos en la fábrica se producen los borradores para la eliminación de la historia humana, la obliteración de la palabra escrita y de la palabra hablada.