Hipnosis 2K18: ¿Crónica de un desastre anunciado?

“Imagen tomada antes de la tragedia”

El anticipado y polémico evento tuvo lugar entre el medio día del 6 de octubre y la madrugada del 7 de octubre, con los ánimos hasta arriba por un line-up compuesto de 11 bandas con sabor a psicodelia, allá en Las Caballerizas, Huixquilucan, locación de último momento que, por otra parte, figuró como la espinilla de un latente desastre imaginario. Entre las propuestas musicales y la organización, los espectadores se encontraron con la fricción de un clima azaroso y la mística de un festival único en México… ¿fue el evento un compendio de pequeños desastres sutiles pero eficientes?

Como lector que buscas o revivir una presentación en vivo o ver de qué tanto se perdiste, a lo que te suele tener acostumbrado la prensa convencional respecto a eventos de esta categoría es a una simple exposición de fotos con unas pocas palabras que intentan sintetizar la experiencia vivida; con suerte, encontrarás una crónica que, sin embargo, parece tener prisa por enumerar, de manera protocolaria, los aspectos más favorables del mismo, repartiendo lisonjas antes que narraciones más objetivas. ¿Es esto todo a lo que aspira la prensa cultural digital?

Quizá la ventaja más grande que proporcione el entrar a un evento como espectador y no como prensa propiamente dicha (pero siendo respaldados por una página), es una perspectiva más amplia con respecto al trato general que se da los asistentes. La ventaja es puramente simbólica pues los beneficios de entrar a un concierto como prensa son más bien claros y materiales (un pase de prensa), pero sentimos el llamado de la aventura y el de la objetividad: decidimos pagar nuestro boleto general completo y tomar el riesgo que conlleva el adentrarse a un evento que anunció el cambio de su locación abruptamente, lo que dejó a algunos perplejos, angustiados y seguramente (sobretodo los que intentaron revender sus boletos en ese corto plazo) llenos de frustración.

Por eso, aquí les traemos la reseña del Hipnosis 2018, o conocido para la posteridad por muchos de los asistentes bajo el epíteto de Fangosis 2018, en Huixquilucan, donde la “experiencia del campo” -la lodosa deforestación- fue vivida tanto por fanáticos generales como VIPs -la primera vez que ser VIP no sirve para nada, ni para cubrirse de la lluvia; estos chavos pagaron casi el doble para estar arrumbados, prácticamente, en la esquina del escenario-, entre el deleite visual de The Mustachio Light Show y las propuestas musicales de bandas de gran calibre. 

Line-up del festival.

La crónica: en el ojo del Hipnosis.

Despertarse, prepararse y correr para llegar cuanto antes sea posible a un festival es un acto lleno de ansiedad. La presión aumenta si eres parte de la prensa, si una de las bandas que va a tocar te gusta o si es tu primer festival “al aire libre”; mientras uno de los enviados de postal cumplía con dos de estas categorías, el otro se encontraba nadando entre las tres. A pesar del cambio de locación -no entremos en los rumores en torno a la zona-, el line-up y las nuevas posibilidades del espacio generaban altas expectativas. La vara estaba puesta y lo menos que queríamos era encontrarnos con una especie de estafa y mucho menos con la muerte.

Llegamos al Autocinema Coyote para aprovechar el transporte gratis –eso se agradece-. Se supo subsanar la cuestión de la remota locación, no obstante, a posterioridad escuchamos hablar de algunos camiones que perdieron el rumbo por más de dos horas (incluso el conductor del nuestro estuvo andando en círculos unos cuantos minutos, dada la confusión propiciada por el restaurante Las Caballerizas).

“Con una combi sí entramos hasta allá”, fueron las palabras de un espectador al arribar al estacionamiento, donde nos hicieron andar varios cientos de metros para llegar a las puertas del festival, camino que nos presentó un preludio del verdadero protagonista de la noche: el fango. 

A las puertas del festival

Pero el entusiasmo prevalecía: junto a la taquilla (una suerte para aquellos que evitaron arriesgarse a comprar a revendedores, a diferencia de quienes, más tarde nos enteraríamos, resultaron estafados), ya podíamos escuchar las primeras pruebas de sonido y la potencia que tendrían las bandas en el escenario.

Una panorámica del evento

Tras un par de dificultades, pudimos ingresar al área del Hipnosis y exploramos la oferta que acompañaría a las bandas durante el mismo: el bazar, que además de sorprendentemente carecer de chácharas relacionadas con el line-up, también lo hizo de objetos relacionados con la música en general, y a esto hay que agregar los precios, eso sí, “correspondientes” a las tarifas de renta de los festivales -nos quedamos sin “recuerdito” del evento-; los food trucks, que sufrieron de la falta de variedad y de cantidad; los bares, donde cinco cajetillas de cigarros, -por increíble que parezca- eran más baratas que cualquier bebida alcohólica; los baños, afortunadamente más que suficientes; una tirolesa para entretenerse en la fila mientras esperabas a tu banda favorita; y las carpas cashless, las cuales te ahorraban la preocupación por perder el dinero, al menos durante el evento.

A 5 minutos de haber accedido, vimos como una trabajadora del festival era transportada en camilla hacia el servicio médico. Se rompió el pie…

Hasta ese momento la cosa no pintaba realmente mal, y con cerveza en mano (cortesía  proporcionada a las puertas del evento), nos dirigimos hacia el escenario.

Ahora sí, tras media reseña, lo que estabas esperando y por lo que realmente fuimos a arriesgar la vida: la música… “Fangosis 2018: vive la experiencia en el campo”. 

El escenario a lo lejos

El jolgorio comenzó a encenderse con Sgt. Papers, quienes estuvieron de acuerdo en que el lugar olía a estiércol -quizá peor que los mismísimos baños-. Su punk originario de Hermosillo hacía mover hasta a los más aguados con canciones como La Capital y Hey Ya!. El estilo pintoresco de estos muchachos deleitó nuestros oídos con Pank, cuya letra “Te apesta el c* a mazapán” permanecerá en nuestros recuerdos por siempre. Valió la pena llegar temprano, pues se ganaron una parte del corazón de los -desgraciadamente pocos- espectadores cuando terminaron su presentación al grito de “¡Más bandas de gordos en los carteles!”

Felipe de Sgt. Papers

Siguió el turno de Build a Vistaquienes tardaron un tanto en preparar sus instrumentos y sonido. La verdad, a pesar de su energía, les hizo falta imponerse sobre el escenario. A medida que avanzaban, su presentación se sintió algo floja, quizá a su visión del rock psicodélico que combina folk y shoegaze -y que además suena al Tame Impala viejito- no es para todos, al menos en sus versiones en vivo. Destacamos Close to the Edge Lying Lips. 

Build a Vista preparándose

Los tijuanenses de San Pedro el Cortez tomaron el escenario con fuerza, y aunque a veces no entendíamos que nos estaban diciendo, llenaron de ánimos a la gente: tanto ellos como los asistentes disfrutaron de su presentación con Chilam Balam. Su rock psicodélico de la frontera, con tintes de garage, propulsó el show, dando gratas sorpresas cuando interpretaron Fukushima -pues en vivo se escucha tremendamente bien. 

Para finalizar su participación, Diego Córdoba (guitarrista y una de las voces de la banda) tomó el micrófono y comenzó a dar vueltas en el escenario; a través de él se oía “puedo volar, puedo volar” una y otra vez, compulsivamente. Aunque notamos en sus ojos la pretensión de compartir el acto con el público, desertó ante la altura del escenario; por supuesto aquello no quitó ni una pizca de mérito a su presentación.

San Pedro El Cortez encendiendo el escenario

Las presentaciones nacionales terminaron y tocaba el turno del cuarteto australiano compuesto por las hermanas Findlay: Stonefield. La presencia de estás chicas de incuestionable vitalismo nos hizo preguntarnos, al son de Far From Earth y Through The Storm, sobre la ausencia de propuestas femeninas durante el evento “¿Por qué no hay tantos grupos de psicodelia compuestos por mujeres?“. Un performance que cautivó a la audiencia con Visions y Sister, gracias a la deslumbrante habilidad de Sarah para acariciar las teclas del sintetizador y a la potencia tanto de la voz como de los brazos de Amy sobre la batería. Para rematar, mostraron también un nuevo material sobre el escenario. 

Stonefield sacando el calibre

Una muy grata sorpresa fue la presentación Boogarinsestos brasileños comprenden muy bien lo que es estar en el escenario y al toque lo demostraron: 6000 dias, Foi Mal Onda Negra, en cada una, la voz de Dinho Almeida marco la pauta del deleite auditivo que llegó a sentirse dentro de la cabeza de quienes estábamos presentes. Todo su material expuesto -entre lo que sobresalió Lucifernandis- nos hicieron afanosos de la combinación rítmica entre la psicodelia sonora y la actitud carnavalesca de Brasil; y gracias al movimiento de caderas de este carismático frontman, terminamos por caer ante un estado de hipnosis. Sin duda una de las mejores presentaciones del día. 

Dinho y la psicodelia brasileña

Tras una reflexión entre el equipo de Postal sobre la relación entre las voces agudas y la psicodelia, vimos como la gente se acoplaba en el escenario para el siguiente espectáculo. Los fanáticos de DIIV aguardaban con ansias a estos neoyorquinos, que, al hacerse del escenario, mostraron sus cabezas rapadas -apostarle al Cruz azul nunca trae nada bueno y sólo Andrew Bailey lo entendió-, un acto peculiar en primer lugar por tratarse de dream pop en un festival de psicodelia y por un par de sorpresas más.

 Is the Is Are, Dopamine y Under The Sun fueron sus canciones de apertura, aunque no terminaron de cuajar, parece tuvieron complicaciones de sonido; sin embargo, nos entregaron dos nuevas canciones, supuestamente, una de ellas estrenada ahí en vivo. Continuaron con canciones más canciones de sus únicos dos álbumes para terminar por lo alto con Doused, cuya intensidad fue transmitida entre un público que sólo podía bailar.

Los chicos de DIIV rapados

Quizá la música de DIIV no está echa para ese tipo de acústica o no terminaron de acoplarse a ella, quizá hubo algunos problemas técnicos más profundos; eso no les importo y dejaron todo puesto hasta arriba para pasar la batuta a OM, quienes amenizaron con su drone doom nuestra búsqueda del burrito de hamburguesa -carísimo, por cierto, llenador, sí, mas no atascado.

State of Non-Return y Sinai sonaron mientras descansábamos y comíamos en la colina donde, un poco más arriba, se encendía una enorme fogata que reunió alrededor de sí a decenas de personas para abrigarse del frío. La escena tenía algo de éxtasis religioso con Cremation Ghat II ¿O sería mejor describirlo como un ritual pagano con Meditation is the Practice of Death? El caso es que gracias a ellos se respiraba un misticismo muy único en el aire.

OM y sus símbolos mántricos

A continuación, otras dos bandas, al igual que OM, provenientes de San Francisco, California: Wooden Shjips Allah-Las. La primera de estas bandas nos sorprendió con su space rock psicodélicoEclipseOther Stars fueron monumentos que nos alienaron a un disfrute cósmico con ecos de vacío minimalistas, ante una lluvia más constante y dura, misma que nos obligó a buscar refugio al momento en que Allah-Las tocó su rock garage y psicodélico. Lastimosamente, la música de estos últimos surca demasiado cómodamente la fórmula del amplio océano de la psicodelia sesentera sin imprimirle nada auténtico, además, era el momento perfecto para prender los bríos de los asistentes, entrar en calor; una oportunidad desaprovechada.

La fogata antes de la tormenta

Mientras se preparaban los representantes de Nueva Zelanda, Unknown Mortal Orchestra, decidimos darnos una vuelta por el bazar y el stand de La Roma Récords (ahí sí contaban con la merch oficial, aunque salida de nuestro presupuesto, de la mayoría de las bandas del line-up). También recorrimos de nuevo los food trucks, en busca de alguna bebida caliente (inexistente); ahí pudimos apreciar una escena curiosa: la gente congestionada bajo las carpas del área de los food trucks, terminaron por ser ya no espectadores activos del evento, sino sólo oyentes arrumbados más allá del escenario. Pero la lluvia no templó sus ánimos y se fueron acercando al escenario mientras ésta cesaba, pues a esa distancia se escuchaba más la música de una carpa del festival (puesta en lo alto de la colina) que la oferta musical del escenario.

Wooden Shjips, un viaje espacial

Unknown Mortal Orchestra por fin tomó en sus manos las riendas del festival y la gente se acopló a los extravagantes psicodélicos que salían de las cuerdas de la dupla Ruban Nielson (frontman, vocalista y guitarrista con sus propias pedaleras “artesanales”) y Jake Portrait (al bajo). Canciones clásicas de sus primeros dos discos, como Ffunny FfrendsSwim and Sleep (Like a Shark)From the Sun, avivaron a un público con excelentes ejecuciones, incluso es posible que sonaran mejor en vivo que cualquier versión de estudio. Su repertorio transitó hasta última producción “Sex & Food”, haciendo muestra de una trayectoria llena de maestría y sintetizadores por doquier.

Unknow Mortal Orchestra, inmortalizados

Luego de un rato y tras una jornada llena de emociones, con el cuerpo roto y los zapatos hundidos, un público expectante presenció como el acto estelar iba (re)tomando sus instrumentos, ahora sí, para cerrar el evento: King Gizzard & The Lizard Wizard. RattlesnakeSleep Drifter Crumbling Castle fueron los himnos con los que su mágica majestad dio la bienvenida y los que la gente coreaba a la par. Deserted Dunes Welcome Weary Feet, The Castle in the AirDigital BlackVomit Coffin The Lord of Lightning prosiguieron a ponernos en un viaje lisérgico por épocas remotas y novedosas al cual nos conducían con su equilibrio orquestal y la apabullante dirección de Stu Mackenzie a la guitarra, con sus delirantes movimientos produce todo un show en su cuerpo.

Entre el lodo y la muchedumbre, con Robot Stop Gamma Knife esta orquesta experimentó con cada asistente, en verdad parecían hipnotizados por la interpretación de los australianos. I’m in Your Mind y su contraparte I’m Not in Your Mind anticiparon la mítica conclusión del Hipnosis: Head On/Pill, con la cual se volaron la barda de la barda condensando cada momento del festival, bueno o malo, en esa despedida; una proeza inalcanzable que sumergió a los cuerpos en un estado de sugestión, un éxtasis supremo que para muchos se convertiría en el instante que prevalecerá al olvido, soldado en el espacio-tiempo para la eternidad.

Nuestros celulares, tras más de doce horas de labor, murieron, confórmense con la portada del “Float Along – Fill Your Lungs”, portador de la épica última canción…

De vuelta a la realidad

El festival terminó, el recuerdo está ahí, el retorno al estacionamiento fue un tropiezo de nuevo, pero más caótico. A pesar de la experiencia musical, la organización tuvo sus fallas. Al cuestionar la necesidad del cambio de venue seguramente la respuesta más obvia sería la cantidad de gente, pero a consecuencia de esa abrupta decisión quizá la logística sufrió de esos pequeños desastres y además enfurecieron a un sector de consumidores emocionados por asistir a esta edición del Hipnosis en un lugar no tan remoto a sus hogares.

Las ventajas de una mayor amplitud espacial (mayor potencia de sonido sumada a la magnificencia del escenario, incluidas), sin embargo parecieron desaprovechadas: la poca variedad de la comida y su precio (un golpe de gastritis para quienes estuvimos todo el día); el bazar sin sentido; la tirolesa que sucumbió a la lluvia; la carpa de los efectos visuales estratégicamente puesta para no poder ver del todo a las presentaciones de las bandas desde el área de comida (donde muchos se refugiaron por efecto del clima, aunque se agradecen las pantallas a los laterales del escenario); la absurda cantidad de lodo que no permitía sentarse en el pasto y la ausencia de lugares para hacerlo: entre otros aspectos como el estacionamiento o ciertas personas del staff del cashless (quienes no conocían las propias políticas del Hipnosis respecto al reembolso del dinero físico), nos evitan claudicar esta reseña con una nota totalmente positiva.

Si bien las bandas fueron los protagonistas del evento, razón de ser tanto del Hipnosis como del público en esas más de 12 horas, no podemos pasar por alto esos pequeños desastres. La organización del evento no podía controlar el clima, pero en sus manos estaba la elección de un área topográficamente más segura o adecuada -que tu auto o pierna se atasquen en el lodo no es muy agradable; tampoco romperte la pierna al atorarse en una pequeña grieta- y parece que escogieron el camino más fácil, rápido y barato para sus bolsillos patrocinados.

No sólo pagaste el boleto para ver a tus bandas favoritas, también para vivir esta “experiencia del campo”, un poco impuesta al final de cuentas, y defender el evento por lo primero es aceptar unas condiciones que rayan en el conformismo, pues no son tomados en cuenta los otros aspectos en torno a la organización del festival. Esperamos que en las próximas ediciones del Hipnosis mejoren la logística, pero eso sí, podemos celebrarles el transporte gratuito y la enorme calidad musical de las bandas del line-up

Nos vemos en la próxima edición del Hipnosis. Saludos desde el Rancho Grande.

Si llegaste hasta aquí, entonces seguramente entiendes que las escenas y los festivales no sólo los construyen las bandas, también la prensa, los venues, los organizadores, algunos otros factores están en juego, pero sobretodo tú, lector que perteneces al público, que tienes el poder de decisión sobre lo que quieres consumir, elige sabiamente, pues eres parte fundamental para el desarrollo y la presentación en vivo de la música. Ha sido por esto que esta reseña-crónica ha tardado tanto y ha tenido esta extensión.

Por último, otra nota aclaratoria: este post fue realizado como una colaboración entre Armando Pizagna y Meztli Gutiérrez, a quien pertenecen prácticamente todas las fotografías tomadas durante el evento.

Armando V Pizagna

Creativo y Editor at Postal of an indie boy
Un sujeto que aprecia la música y que además es sociólogo; gusta de apreciar los fenómenos musicales y sonoros que hay ahí afuera en el mundo; se trata de un tipo con la ferviente (y quizás ingenua) creencia de que la música debe ser libre o no será nada.

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